PULSÓMETRO

El equipaje del destierro

Rodrigo Ortega

Frecuentemente, entre la comunidad inmigrante, uno escucha críticas y expresiones de manifiesta inconformidad o descontento en relación a la sociedad en que hemos decidido vivir. Una tendencia a la comparación con nuestros países es también una constante entre latinoamericanos establecidos en Quebec.

Como no soy sociólogo —y ya no tengo tiempo de titularme— no puedo determinar a qué obedece ese fenómeno de permanente comparación. Lo que sí puedo afirmar, como puede hacerlo cualquiera que haya analizado un poco estas cosas, es que integración no significa en modo alguno asimilación. Está claro que muchos de nosotros queremos preservar nuestros valores, cultura y forma de ser que nos caracterizan como originarios de un pueblo determinado. Y también es razonable que, por otro lado, no queramos adoptar modos de vida y actitudes que, por considerarlas opuestas a las nuestras, vayan a “deformarnos” o a hacernos “otra cosa” que lo que somos o creemos ser. En el fondo, tenemos miedo de ser lo que “no somos” y dejar de ser lo que “somos”. Y en este menjunje de ideas nos vamos perdiendo, enredando, levantando barreras y defensas de diversa índole. Y a la postre muchos de nosotros terminamos criticando y diciendo que no queremos vivir aquí porque somos definitivamente “distintos”.

Conclusión legítima y al mismo tiempo engañosa.

Que rechacemos ciertos aspectos que estimamos incompatibles con nuestros valores, es pertinente y saludable. Justamente en eso radica el principio de la integración, en vivir en un lugar y sentirnos bien pero sin perder las raíces y el sentido crítico. O, dicho de otro modo, no tragarnos cualquier cosa y considerar todo bueno porque hay que “adaptarse”. No. Amoldarse a todo tipo de situaciones es lo que se llama asimilación. Muy distinto del concepto de integración.

Sabotear la propia integración
Las resistencias que levantamos para defendernos de la asimilación pueden inducirnos a vivir constantemente en la amargura pensando que “allá” todo es mejor y que “aquí” es muy difícil; que aquí todo es diferente; que las relaciones humanas no son las mismas que en nuestros países; que esta sociedad es muy fría… Y la lista es larga. En suma, conceptos que hemos escuchado más de alguna vez en gente cercana a nosotros como inmigrantes. Al final, por rechazar la asimilación terminamos saboteando nuestra propia integración.

Por otra parte, el problema que subyace en posturas como esas es que no se vive bien el presente y se añora un mundo mejor, que, por supuesto, no estaría aquí sino allá. Se menosprecia lo que se vive aquí en desmedro de una plenitud que supuestamente se encontraría en otra parte, en nuestros países, lejos, un poco más allá de nosotros mismos. Siempre un poco más allá de nuestra propia vida actual.

A propósito de esto y hablando del destierro, el poeta y cantautor chileno, Patricio Manns, dice en un poema: “el equipaje del destierro es mi maleta de humo”.
Mucho humo, tal vez. Aunque no necesariamente.