Sepan lo sepan lo sepan

Título de poema de Pablo Neruda

Luisa Olaya

Yo no sé ustedes, pero cuando en los noticieros empiezan a hablar de cifras económicas, la cabeza me da vueltas. Más cuotas de pacientes para los médicos, recorte en las jubilaciones  y más inversiones aquí y menos allá. Pobrecitos mis profesores de estadística y de economía; en mi caso lo único que lograron fue que entendiera que la economía no es una ciencia.

Mi problema no es tan grave, soy buena para entender muchas otras cosas. Por ejemplo soy buena para descubrir la langue du bois, esa manera que tienen los políticos de utilizar palabras para enredarnos. En español  a eso le decimos  hablar m…  o si no, le decimos demagogia, que suena menos burdo.


Lejos de la retórica 

Los griegos, que como dice mi vecino, no nos dejaron nada para repensar, inventaron la retórica para persuadir y convencer con sus discursos. Esta “técnica” se utiliza mucho en ciencias políticas, derecho y en publicidad. Los políticos tramposos la travistieron para decir mucho sin decir nada. Realmente, en las palabras de los políticos marrulleros no hay retórica ni mensaje, solo confusión.

Para muestra, durante el anuncio de las ventajas fiscales (¡enormes!) para los grandes inversionistas, el primer ministro de Quebec, Philipe Couillard, deja de lado la palabreja “austeridad” con la que hace unos meses nos están atolondrando y habla ahora de “rigor presupuestal”. Con una mano corta hasta la sangre del trabajador común y corriente y con la otra le sirve en plato de oro a los que tienen de sobra. Y en el entretanto pone en tela de juicio el trabajo de los médicos, policías, funcionarios, empleados de guardería, etc., etc.

La culpa no es del que no entiende

Lo que es grave es cuando una persona se siente rebajada porque no entendió lo que dijo el político. ¡No hay que sentirse así! El discurso del político embaucador está hecho para no ser entendido. Uno se queda callado o hace como si entendiera. Nadie quiere parecer más tonto que su vecino. De seguro el vecino tampoco quiere dejar ver su confusión.

La demagogia puede ser la antesala del totalitarismo. Un pueblo pierde mucho cuando no tiene acceso a verdaderos debates en donde los argumentos y la inteligencia se crucen. Si nos habituamos a leer y a escuchar  frases sin sentido sin utilizar el buen juicio, ese que nos dice que el idioma y las palabras están hechos para entendernos, entonces estamos perdiendo un lugar en las discusiones que tiene que ver con nuestra vida de todos los días. Están en juego nuestro salario, el billete de autobús, el estudio de los hijos, la protección del medio ambiente, la soberanía alimentaria, el acceso a la salud y todas las buenas cosas que nos hicieron venir aquí.

Es como si viviéramos en el cuento de  hadas de Hans Christian Andersen “El traje del emperador”. Solo que, en el cuento, la inocencia de un niño revela a todos una verdad evidente. Moraleja de este cuento: no todo lo que piensa la mayoría tiene que ser verdad y que no hay preguntas tontas. ¡En Quebec es tiempo de hacerse preguntas… y muchas!

Al final, un homenaje a Neruda que pregonaba la búsqueda de la verdad:

“Ay la mentira que vivimos

fue el pan nuestro de cada día.

Señores del siglo veintiuno,

es necesario que se sepa

lo que nosotros no supimos,

que se vea el contra y el por,

porque no lo vimos nosotros,

y que no coma nadie más

el alimento mentiroso

que en nuestro tiempo

nos nutría…”