PULSÓMETRO

Las hojas de este otoño

RODRIGO ORTEGA

Dicen que el otoño es tiempo de nostalgias y melancolías, que en esta “triste” estación nos volcamos hacia nuestro fuero interno para sentir la caída de las hojas que se desmoronan no solo fuera de nosotros, sino también dentro.

Bien cierto parece todo eso, aunque aquello de “nostalgia y melancolía” es relativo si lo asociamos a situaciones derrotistas, cuando, por el contrario, tanto la nostalgia como la melancolía, e incluso la tristeza, son elementos vitales que, bien asumidos, propulsan hacia algo nuevo, hacia la gestación de un cambio de piel. De eso se trata.

El otoño acoge dolores, nostalgias y melancolías y los transforma en energía renovada. La poetisa chilena Gabriela Mistral expresa muy bien esto cuando escribe: “a esta alameda muriente he traído mi cansancio” (la alameda es un conjunto de árboles, de álamos). Al otoño lleva la Mistral su cansancio para despojarse de él y cambiar de piel, refrescar su existencia en un ejercicio de entrega tan natural como profundo. Y el otoño le es solidario aportando nada menos que su “alameda muriente”.

Un renacer parece ser entonces la consigna que nos envía la naturaleza en estos días otoñales. Digo esto con pleno conocimiento de causa, pues llevo el otoño en mis bolsillos desde hace algunas semanas.

Los códigos de los árboles y de las estaciones se pueden leer al escucharlos con los ojos externos e internos. Así lo han entendido desde siempre los indígenas de América cuando le ofrendan con sus ritos homenaje a cada estación del año. Para ellos, los amerindios, esta conjunción entre el alma humana y los elementos conforman un absoluto; una totalidad que tanta falta nos hace en este modo de vida que llevamos hoy en el cual todo está fragmentado y que tiende a alejarnos cada vez más de nosotros mismos. No creo, en efecto, que pasear por un parque o por una calle otoñal con la cabeza embutida en el teléfono sin alzar la vista para ver la “alameda muriente” nos acerque a nuestra propia existencia; muy por el contrario, nos distancia, no solo del entorno, sino de aquello que clama por ser escuchado en las fibras del alma. Las hojas del otoño son un espejo de nuestra propia imagen y de aquello que nos rodea. Vemos así hojas profundas que se funden en la tierra y otras que se vuelan. Y así seguimos andando. Sin pena ni gloria, renaciendo tras cada fallecimiento de una hoja.