PULSÓMETRO

Lucy, en Montreal, ahora y siempre

Al momento de escribir estas líneas, decenas de personas se juntan diariamente frente a las oficinas de la Agencia de servicios fronterizos de Canadá para exigir que Lucy Francineth Granados, una organizadora comunitaria proveniente de Guatemala, no sea deportada.

JAVIERA ARAYA

Lucy fue violentamente arrestada la madrugada del 20 de marzo en su propia casa. Ella había presentado una solicitud de residencia permanente por motivos humanitarios y, como respuesta, migración la había amenazado con no evaluar su caso si no iba a las oficinas de migración para ser arrestada, lo que es una práctica irregular e ilegal, un engaño. Al momento de escribir estas líneas, Lucy está aún detenida en la cárcel de migrantes ubicada en Laval.

Lucy lleva nueve años viviendo en Montreal. Nueve años trabajando, nueve años compartiendo con sus amigos y amigas en esta ciudad, nueve años enviando dinero a sus tres hijos que están en Guatemala. De esos años, más de dos los ha dedicado también a la lucha por la regularización y por condiciones dignas de trabajo para tantas otras mujeres indocumentadas que viven en Montreal, a través de su participación tanto en el Colectivo de mujeres sin estatus como en la Asociación de trabajadores y trabajadoras temporales de agencias de empleo. El tratamiento que Lucy ha recibido revela la indiferencia, el abuso y la violencia con que son tratadas las personas indocumentadas en Montreal.

Al momento de escribir estas líneas, no sabemos qué va a pasar con Lucy. Con una fecha de deportación para los próximos días, no sabemos si darán resultado las múltiples manifestaciones que se han realizado y que se seguirán realizando para conseguir que los ministros de migración y de seguridad intervengan en su caso.

No sabemos qué pasará con Lucy. Pero sí sabemos una cosa con certeza: el arresto, el encarcelamiento y la persecución deliberada de una mujer que, como muchas otras alrededor del mundo, ha buscado mejores condiciones de vida huyendo del horror y la miseria en su país de origen no podrá ser borrado de nuestras memorias. Las decenas de miles de personas sin papeles migratorios que viven en Montreal merecen respeto, dignidad y que se tomen en serio los abusos que sufren diariamente, incluidos aquéllos organizados por la Agencia de servicios fronterizos. Esperemos que, al momento en que usted lea estas líneas, Lucy esté en Montreal, que haya sido liberada. Ya sabemos que, en todos los casos, ella está y estará para siempre en la historia de la lucha de las mujeres migrantes por mejores condiciones de vida.

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