Se acabó la moda, alégrese

RODRIGO ORTEGA

No pierda más el tiempo peinándose, maquillándose o arreglándose, de todas maneras, ya en la calle, nadie se fijará en usted. Ocupada visual y auditivamente en sus teléfonos inteligentes, la gente no levantará la vista para nada, menos para fijarse en su persona. Y no es porque su presencia produzca asco o algo por el estilo. No. Lo que ocurre es que el teléfono es más importante que usted, que yo, que todo el mundo, sobre todo en un bus o en el metro. No se haga ilusiones: Usted ya no existe. Si antes era polvo en el viento, ahora es menos que eso, ahora es la nada pura. Asúmalo.

Pero no se preocupe, porque el lado bueno de todo esto es que por fin se acabó la moda. Cuánta discriminación y envidia generadas por la ropa, las marcas, la imagen. Por fin el anhelado ocaso de las apariencias. Todos ciegos por la calle, como en la gran novela de Saramago, iguales, calladitos, adocenados, nadie se preocupa del otro, y por ende, mucho menos de cómo va vestido el prójimo.

El detalle, y esto es lo significativo, es que aún la gente no se da cuenta de que ya no son importantes la ropa, los colores de las telas y que ya ni siquiera es relevante la simplicidad en el vestir. Todavía, ingenuos, siguen comprando prendas de reconocidas marcas, prestigiosas tenidas o simplemente continúan adquiriendo ropa usada. Inútil todo eso. De nada sirve si nadie se mira. Eso es lo bueno. Es más, si un día de estos a usted le da por andar desnudo por la calle, no se preocupe –o preocúpese– porque pocos o nadie lo verán.

Fin de la esclavitud de la moda

¿Quién dijo que el teléfono inteligente ha generado esclavitud? Todo lo contrario, la emancipación no solo física sino también existencial tan acariciada por filósofos, profetas, charlatanes, librepensadores y lateros, ya ha llegado. De modo que póngase contento. Ya podemos caminar sobre el agua sin ser vistos; lucir la misma camisa todos los días, la misma barba, el mismo barniz de uñas, el mismo tatuaje en el párpado interno derecho. La vida se ha vuelto más simple y, por lo mismo, también más económica.

Además, ¿quién no soñó alguna vez con ser el hombre o la mujer invisible? ¡Hosana! ¡Ese tan esperado día ha llegado!

Y en lo que respecta a lo demás, a la comunicación visual entre los seres humanos, las sonrisas, las miradas… olvídese. Una pura “babosada” como dicen en América Central.

¿Esperaba usted que alguien le sonriera al ver pasar por la calle su simpática figura? Siga esperando, no sea apurón.