PULSÓMETRO

Gracias a la tierra

Rodrigo Ortega

Fui al cementerio hace unos días debido al fallecimiento de la madre de mi querida Renée. Como ocurre siempre que llego a ese lugar donde habremos de dormir todos en silencio, pienso en los seres amados a quienes perdí estando a la distancia y a quienes, por lo mismo, no pude despedir en carne y hueso. Un hálito de tristeza recorre entonces el instante en que me paseo por ese lugar.

Me viene asimismo a la mente el verso la muerte tan callando del medieval poeta Jorge Manrique en sus célebres Coplas a la muerte de su padre. ¿Se acuerda?

Pero no todo es tristeza, pienso, y es lo que quiero compartir hoy con nuestros lectores.

En la concepción de la vida que poseen los indígenas de casi todas los lugares del mundo la muerte no existe. Al respecto, así lo resume tan bien el ensayista Víctor Bascopé Caero: “la muerte para los andinos nunca es el final o la terminación del ser; es continuidad del ser dentro de la totalidad existencial y universal”.

Agradable oír algo así, pues se trata de conceptos que abren perspectivas: continuidad, totalidad existencial, universal. “Ideas” que los indígenas han asumido desde hace miles de años en relación a la vida y la muerte. Para ellos, en efecto, morir no significa término, sino continuidad, totalidad existencial en la naturaleza que acoge los cuerpos fenecidos y los transforma en árbol, flor, planta, piedra.

Está claro que los indígenas, con menos conceptos y sofisticaciones que los espíritus académico-filosóficos,  comprendieron  que nada ni nadie muere, todo sigue su curso, es solo una transformación. Del mismo modo, un químico francés, Antoine Lavoisier, más racional este, a fines de los años 1700, sentenció su célebre frase: “En la naturaleza, la materia  no se crea ni se destruye, solo se transforma”.

No es entonces para nadie novedad decir que desde los albores de la filosofía occidental y de la cosmogonía índigena, los seres humanos se han abocado al tema de la muerte. Tampoco invento la rueda al afirmar que los filósofos occidentales han resumido todo a la dualidad idealismo-materialismo. Para los primeros, los idealistas, la trascendencia después de la muerte se alcanzaría en la liberación del alma al quitar el cuerpo; mientras que  para los otros, los materialistas, la eternidad seguirá encarnada en la materia, tal como lo enunciara el químico Lavoisier que nombré en el párrafo precedente. Los indígenas, por su parte, sobre todo los amerindios, han sabido amalgamar ambas concepciones, idealismo y materialismo, en un solo “concepto”: la tierra. Ella es espiritualidad y permanencia natural.

Con mucho menos blablá que cualquier sistema filosófico, los amerindios siguen dándonos lecciones de profundidad e inteligencia instintiva. Y en el laconismo que los caracteriza, una gran serenidad. Se basan ellos en la eternidad de la tierra, su sempiterna transformación. Y a ella le dan las gracias cada día.