PULSÓMETRO

Pajaritos en el aeropuerto

Javiera Araya

 

Sentada en la sala de embarque del aeropuerto de Toronto, esperando para volver a Montreal, me pongo a observar dos pajaritos que caminaban y comían restos de pan del suelo, a tan solo unos metros de dónde yo me encontraba. Otros pasajeros, sentados en sus asientos, miraban sus teléfonos o leían algún libro, mientras que los más impacientes empezaban a formar una fila esperando ser los primeros en subirse al avión. Las personas de la aerolínea empezaban a dar las instrucciones para abordar el avión, primero quienes tenían asientos en primera clase, luego quienes viajaban con niños, y luego los de no sé qué zona del avión. La rutina de siempre para quienes trabajan en la aerolínea o para quienes viajan frecuentemente.

Sin embargo, en un momento, me doy cuenta de que hay algo que no entra en el escenario típico de un aeropuerto: ¿qué hacían esos pajaritos en la sala de embarque? ¿Cómo habían hecho para pasar los controles de seguridad? ¿Habrán pasado por la máquina en que pasan los bolsos o por el detector de metales por el que pasan las personas? ¿Habrán hecho la fila o volado por sobre la multitud aburrida de ser interrogada, revisada y desvestida? ¿Tendrán pasaporte? Constato lo ridículo de mis pensamientos y trato de concentrarme para escuchar lo que dicen por el parlante las personas de la aerolínea. Pero no puedo.

Veo los pajaritos volar desde el suelo alfombrado a una de las vigas del techo de la sala de embarque, y creo ver que tienen ahí un nido. Al parecer, esos no son pajaritos que entraron allí de manera puntual; al parecer, esos pajaritos viven ahí, alimentándose de las sobras de la comida cara de las tiendas del aeropuerto. No puedo dejar de pensar en los pajaritos. ¿Y si, en vez de ingresar por la entrada de los humanos, entraron por la puerta de la sala de embarque, la misma por la que los pasajeros se trasladan desde el aeropuerto al avión? Esta hipótesis me parece más plausible, pero noto que esta puerta no se abre tan fácil: hay que tener una tarjeta especial de seguridad para poder abrirla, la que solo tienen los agentes de las aerolíneas. Quizás los pajaritos estuvieron esperando que se abrieran estas puertas para entrar, pero es difícil que se abran cuando no hay una manga instalada que lleve desde la sala de embarque al avión. Pienso en una nueva teoría aún más descabellada: quizás los pajaritos venían en el avión, y entraron con los pasajeros apurados por ir a recoger sus maletas y llegar a su lugar de destino. Aunque nunca he visto pajaritos adentro de un avión… Llega el momento de abordar para mí, tomo mi pase de abordar, me despido simbólicamente de los pajaritos y de Toronto, y me subo al avión.

No puedo dejar de pensar en que, más allá de cómo entraron estos pajaritos a la sala de embarque, es absolutamente paradójico que hayan pajaritos en el aeropuerto. Ellos, que no necesitan pasaportes, aviones o controles de seguridad para poder volar.

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