Pocos, pero mucha tradición

Vitza Cambero bailando en una actividad de la comunidad boliviana en Montreal. El 6 de agosto pasado no fue solo la fiesta del día de Bolivia, sino también la elección para la presidencia de la Asociación de Bolivianos de Montreal.| FOTO: MIGUEL ESQUIROL
Bailarinas durante la fiesta de la Virgen de Urkupiña.| FOTO: MIGUEL ESQUIROL

Bailarinas durante la fiesta de la Virgen de Urkupiña.| FOTO: MIGUEL ESQUIROL

En Quebec, habría unos mil seiscientos bolivianos. Disponen de una asociación y se reúnen periódicamente.

MIGUEL ESQUIROL

pesar de vivir en Montreal por más de seis a-ños, nunca tuve la oportunidad de encontrar a un grupo de bolivianos; sin embargo, siempre sospeché de su presencia: un reparador de bicicletas, la cocinera que proveía empanadas a la tienda del barrio, una vendedora de jeans. Sabía que había bolivianos en la ciudad, y también sabía que no había muchos.

El censo del 2006 contaba 3 500 bolivianos en todo Canadá, muy escondida su posición entre los senegaleses y los originarios de Luxemburgo. Las cifras de Quebec son aún menores con alrededor de 1 600, según algunas fuentes, mientras que en otras, el país ni siquiera es nombrado. El Cónsul de Bolivia en Montreal, representante oficial del Estado, sobrino de un expresidente y personaje más visible en la ciudad, Walter Stenssoro, anota no más de 600 registrados en el consulado.

Por todo esto, sospeché que, de existir, encontrar bolivianos sería un reto, y más aún hallar algún tipo de organización que los reuniera. No fue poca mi sorpresa al darme cuenta de que existía no solo la Asociación de Bolivianos de Montreal, sino que además poseían una sede desde hace veinte años donde se reunían con frecuencia para disfrutar y recordar, y como comenta su presidente, Víctor Spíndola: “Para no olvidarse lo que es nuestro país”.

Es impresionante el esfuerzo humano que significa haber mantenido este espacio durante veinte años (aunque la asociación, sin sede física, tiene más de treinta). No solo mantener la presencia, sino el mismo pago mensual del alquiler del local, la organización de actividades, el contacto entre los diferentes medios. Pese a esto, la asociación cuenta con solo 450 registrados.

Esta presencia se puede agradecer a los fundadores y miembros de la asociación cuya voluntad, más que otra cosa, permite que encuentren en este espacio un punto común ya sea para recordar o, al menos, para no olvidar.

A pesar de esto, esta asociación es un último reducto de los bolivianos frente a esta fuerza unificadora y multicultural que es la ciudad. Años atrás llegó a haber dos o tres restaurantes, varios conjuntos de música, al menos tres grupos de bailes folklóricos, campeonatos de fútbol (con ocho equipos). Cuando recuerdan solo pueden decir “Qué linda época era”. Hoy en día queda un grupo de música: “Eco Andino”, un pequeño grupo de baile que se reúne cada varios meses si son invitados a presentarse, y la sede donde siguen haciéndose fiestas y celebraciones patrias, con suerte una o dos veces al mes.

El día que tuve la oportunidad de visitar la sede celebraban la fiesta de la Virgen de Urkupíña. Encontré una cincuentena de personas recién llegadas de la misa para la Virgen Protectora de la ciudad de Cochabamba. El reproductor de CD tocaba unos bailes folklóricos, mientras que en medio del calor de una semana particularmente cálida, sudaban varios bailarines desde dentro de sus disfraces tradicionales.

Había alegría entre los participantes, disfrutando el eco de una ciudad y una tradición que se encuentra lejos, pero con la terquedad del migrante que sigue repitiendo la rutina del rito. Se trata de un ejercicio tan ritual el paso de la virgen de una familia a otra que la acogerá el año siguiente, como el del baile de Morenos, o el de la comparación de las cervezas locales con la “Paceña” y la “Taquiña” del otro extremo del continente.

Hablé con varios de los participantes y pregunté a qué se debía este fenómeno, esta disminución de la presencia de los bolivianos, de esta ausencia de nuevas generaciones. La respuesta ilumina los ojos de los interpelados. “ Es que Bolivia está bien ”.“ La gente ya no se quiere ir” e incluso : “ La gente se está regresando ”.

Pregunto a otros si planean quedarse a vivir en Montreal, la respuesta parece casi copiada: “No, no nos quedamos. Nos regresamos seguro”. Me lo dicen con los ojos llenos de esperanza estos bolivianos que viven en Montreal desde hace 30 años y que ya tienen hijos y nietos nacidos en la ciudad. Todos los bolivianos están siempre a punto de regresar.


Dos generaciones

FOTO: MIGUEL ESQUIROL

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MIGUEL ESQUIROL

El 6 de agosto pasado no fue solo la fiesta del día de Bolivia, sino también la elección para la presidencia de la asociación. De allí salía del cargo Víctor Spíndola con 30 años viviendo en Montreal, y en su lugar entra Mariela Andrade, recién llegada con solo dos años viviendo en la ciudad. Este es un buen ejemplo de cómo está formada la comunidad boliviana en la ciudad. Una primera generación llegada con los clamores de dictaduras militares y represión en los años 80 en Bolivia. El mismo Víctor es refugiado político de aquella época. Este es el grupo más grande de bolivianos, con hijos y nietos que ya son más quebequenses que otra cosa. Establecidos en la ciudad, acostumbrados (o resignados quizás) a los inviernos. Y está la otra generación, de jóvenes, recién llegados. Profesionales o estudiantes (Mariela es joven abogada) que llegan a aprovechar las oportunidades. La mayor parte se queda pocos años, otros menos se quedaran a hacer su vida aquí. Se trata de una generación más joven, conectada con la realidad del país, con la familia y la cultura del día a día. La nueva presidenta planea organizar sesiones de cine nacional, clases de español, hacer conocer la salteña a la ciudad (esta empanada llena de caldo que casi estalla con el primer mordisco). Es también la misma separación generacional que ocurre en Bolivia, los que vivieron las dictaduras, y aquellos que solo las recuerdan como un cuento ajeno. Montreal se vuelve un microcosmos de Bolivia, y aunque hay las mismas facciones, las mismas disputas y los mismos problemas que todo país tiene. El punto en común es el origen, el país y en sí la propia lejanía la que los une.